sábado, 15 de junio de 2013

El escritor y la mujer francesa


1:12. Esa carta…

Los días de mal tiempo me ponen triste, es una tristeza que conozco desde niño y viene de manera repentina pero no afecta demasiado mis rutinas. Es esa puntada precisa  procedente de una zona desconocida  –no es un hecho definido ni una idea-, que solo a veces es muy intensa pero  comienza  a diluirse con las horas, hasta que luego consigo una sensibilidad agradable, en la que me refugio en mis libros, y en la calidez de los espacios elegidos de mi hogar, mientras  la presencia de Isabel se mueve por la casa y casi me olvido que estoy con una mujer que me quiere de un modo extraño. ¿Qué fantasmas la aquejan o es que no tiene ojos para mí?
  En algunos de esos días  feos y oscuros una nostalgia llena de rumores asciende desde el parquet de mi estudio para culparme –no distingo bien de qué-  y sufro de la lluvia


. Ella golpea la ventana y obliga a otro tipo de vida: de susurros compartidos, en que la melancolía  es un buen motivo para creer en dios o en las cosas sencillas, en las confesiones de los que amamos, en sus disculpas , en donde la finitud  es una gran oportunidad para aferrarnos con nuestro cuerpo blando a ese momento espiritual. Pero nada de eso sucede cuando  la tenaz angustia, en su cenit,  me atrapa y empieza a encogerse mi alma mientras el ruido permanente del agua que baja del cielo recorre el espacio que flota sobre nuestra ciudad. Es la soledad de esa lluvia.
También había  pensado en la lluvia cuando reposaba junto al cuerpo dormido de Jacqueline, una de esas pocas noches, en la refulgente penumbra que se movía con los azares de los colores exteriores, de los semáforos, de los neones,  en que la noche era para mí un inmenso mundo que casi no merecía. Imaginaba que llovía en ese silencio que me envolvía por primera vez sin sentirme  solo cerca  de una mujer, y me resistía a dormir porque los pensamientos eran cada vez mejores, era el primer amor o siempre los amores son inéditos. Cuando uno lo descubre siente que lo conoce de toda la vida, la naturalidad de lo bello...  Tanto tiempo me acostumbre a sentir que no  merezco la felicidad o nunca lo pensé lo suficiente, por eso aquellas felices sensaciones en mi cuerpo, en el aire quieto de nuestros reposos, me resultaban un hermoso mundo que a veces no era mío. Los frágiles merecimientos de los cobardes. No, no debo ser tan duro, siempre luche contra mis miedos, y esa noche después de todo estaba allí con ella.  Todo el tiempo, hasta que me quede dormido,  intentaba descubrir dónde estaba la mentira de todo aquello, pero no… efectivamente era así, a la semana de regresar a Buenos Aires llegaron los primeros correos electrónicos de Jacqueline. Esas palabras…podían ser  almibaradas, juveniles,  pero no mentían, y eran tan bellas... Descubrí que el amor solo se crea a base de exageraciones porque  la unión entre las personas no es tan firme al principio, y la exacerbación de lo que se siente crea el ciclo donde el otro se atreve a más, y así con el uso de las palabras y de las miradas y de los cuerpos las personas se predisponen o al menos asumen con confianza el gran riesgo que todavía no ven, porque cualquier asunto que sea muy importante para una persona puede ser también su perdición. Pero confiaba en sus palabras y en el recuerdo de su mirada triste en el aeropuerto y en la fotografía que guardaba de ella en uno  de mis libros. Un fotografía de ella en casa. El hecho que Isabel no sea celosa me acostumbró a no cuidar ninguno de mis modos: mirar a otra mujer, ver películas pornográficas en internet, revisar con entusiasmo los elogios de mis lectoras tratando de identificar sus rostros a través de las redes sociales o sencillamente porque ellas me las enviaban. Pero una fotografía escondida  de otra mujer en nuestra casa era demasiado, porque si bien Isabel no fue posesiva en su sentir, ni con mi cuerpo, si era natural  que pretendiese preservar su matrimonio, y me causaba una culpa creciente saber que por Jacqueline yo podría cambiar de vida, sobre todo cuando me anunció  en uno de los correos que vendría a Buenos Aires solo para verme. Entonces la fotografía la guarde en un libro apretado contra otros en la biblioteca; es un libro olvidado y hace muchos años que mi esposa y yo no lo escogemos.  Quizás arriesgué más de los normal, y puede ser que en parte esa sea mi inaudible protesta, porque es obvio que un pequeño riesgo se asume con la fotografía de una mujer a metros de Isabel, era esa línea cronológica de la edad en que ya no importan tanto las consecuencias… no soportaría que mi esposa sufra por mis pueriles riesgos, pero sencillamente -como dije- ya no importan las consecuencias o se saltean las precauciones. 
Desde  hacia un tiempo que Nicolás cenaba con nosotros los días miércoles y viernes. Era el que más hablaba en una mesa acostumbrada a las frases cortas, y contaba sobre jóvenes que le gustaban y yo notaba que esa extroversión atípica – sofocante- explicaba algo de su atipicidad. Se lanzaba a las cosas sin el menor cuidado, la bandeja de la comida, el encendido del televisor y frenaba los temas para dar inicio a uno nuevo y así era de impertinente. Pero todo lo hacía poniendo esa lamentable sonrisa de perdón, estirando las manos con ese aire suplicante de los ciegos mientras  recibía  algunas de las atenciones de Isabel. Terminara siendo un lisonjero. Es tan distinto a su padre, tan querible en sus silencios y en esa inolvidable sonrisa inclinada y escondida, tímida. Puede que por su introversión ese ser solitario –mucho más que yo- no haya recibido el reconocimiento a su obra. O puede ser que el mundo no siempre necesite de todos los talentos que nacen de su tierra. Su prosa tenía algo de la claridad conceptual de Márai pero a la vez tenia los fragmentos punzantes y lacónicos de Amis y también ahora me doy cuenta, la llevadora prosa de Saramago,  porque el leía especialmente ingleses y tenía un sentido de la ironía que lograba llevarlo a las oraciones y a las historias. Con el tiempo entendí que Nicolás no era muy propenso a hablar bien de su padre como escritor y eso me causo cierto rencor hacia él. Quizás solo por mi nuevo estado de gracia, las conversaciones que teníamos después de cenar en mi escritorio, me resultaban placenteras y podía soportar esa ignorante juventud para luego convulsionar de bronca por esa confianzuda manera de escoger libros de la biblioteca sin consultare, abrir cajones, pedirme de regalo un oleo. Era claro que no se observaba a sí mismo. De todas maneras eran horas confortables mientras  conversábamos de literatura unas dos horas y solo éramos interrumpidos en el momento que  Isabel tocaba la puerta para traernos con su medía sonrisa café y torta casera, y esa suave  luz de apenas dos lámparas que parecían iluminarse solo a ella mismas y el horario nocturno eran tan agradables que no era demasiado importante si lo escuchaba o no, entonces Isabel hacia dos o tres comentarios delicados  y tiernos antes de irse a leer a nuestra cama.
 A veces mi esposa se quedaba hasta tarde haciendo alguna traducción, y cuando pasaba cerca de ese cuerpo concentrado y familiar -el cuerpo del deseo y de la tranquilidad y de los olores conocidos-  siempre  sufría una durísima lucha interna entre acariciarle su profuso cabello o no.  Una sola vez la acaricie y me sonrío pero no retuvo mi mano ni tocó mi cuerpo, pero aun así una paz cubrió mi cuerpo mientras en la penumbra me dedicaba a estirar ese momento y no le prestaba atención al libro que leía  frente a ella.
Una de las últimas noches de Néstor ya habíamos dejado de leer y comentábamos sobre asuntos diversos que se diluían en inmensos silencios de cansancio y de miedo. El sanatorio era un gran espacio de paredes que traían los sonidos últimos de las duras luchas por vivir, con algunos esténtores de quejas o de alivios. Las enfermeras llevaban esa humanidad  con el amor cansino que les quedaba a esas horas, pero nunca se salteaban el dolor ni el miedo. Fue entonces que le pregunte a Néstor que debía hacer con mi vida, con Isabel… luego de decirlo una tenaz mano invisible me sujetaba mi cabeza y me tapaba mi boca, todo se hizo borroso cuando entendí con desesperación que le estaba preguntando de la vida, sobre cómo aprovecharla a alguien que se estaba muriendo. Me dijo un par de cosas que no recuerdo bien, a Néstor la medicación le traía sueño de repente  y quizás nos dormimos juntos. Por la mañana me desperté tarde y me retiré de la habitación con una carta que él había dejado en la mesa de luz antes que lo lleven para uno de sus estudios. Casi que no olvide ninguna de esas palabras hermosas:
Querido amigo: Noté el dolor que te invadió luego de preguntarme por tu vida, pero quiero que sepas que cualquier forma de conexión trascendente con vos me hace sentir vivo, y no existe contraste doloroso con alguien así…sí yo no salgo de esta me queda el placer de saber que nunca nos olvidaremos. Isabel es así y no va a cambiar, pero no quiere decir que no la quieras, después de todo… porque se quiere a los demás si no es por algo invisible que resume miles de cosas reales y buenas. Ella es poco demostrativa, y eso no es lo mejor del amor, pero puede acaso ser de otra manera. De cualquiera de las formas ya le ofreciste tu dulce dedicación a una mujer hermética pero buena. Lo que decidas estará bien porque las variantes de seguir con ella o estar solo o a la espera de un amor distinto, tienen todas su sentido, ninguna de estas decisiones  -si es que uno es el que decide y no el azar de lo que nuestras mentes pueden- tienen un significado  profundo y no se crean a través de ningún impulso o capricho o rencor. Es solo que en la búsqueda de vivir más, creo que lo importante no es cuanto de ello podamos cumplir, si no la noble tarea de tomar nuestra vida en serio y arriesgarnos con el alivio de entender que a veces no hay más remedio… quizás puedas escuchar a que tu cuerpo te lo diga.
                                                                                            Tu eterno amigo Néstor.

Los muertos pertenecen a la materia oscura del universo, llenan de manera impalpable gran parte de nuestra existencia, son los únicos que entran a la cuarta dimensión para alojarse cerca de nosotros y mirarnos -yo al menos siento sus ojos-… es la triste compañía de los muertos amados… No creo esencialmente en la fuerza de la amistad, pero Néstor no era un amigo, tampoco un hermano… era sí, la imagen y el tacto de un familiar. Esa despedida tu eterno amigo me obligó a abandonar la calle de caras curiosas –esos rostros que detectan el dolor ajeno- y entrar a un restaurant, solicitar con urgencia una gaseosa y un plato que ni recuerdo y apurarme para llegar al baño y estallar en un llanto dulce e infinito. Debía soltar esa congoja…