viernes, 21 de junio de 2013

Ultimos capitulos de la novela " La mujer del prójimo " La distribuye Dunken y pueden llamar 4954-7300.. Saludos y gracias.


Después de un episodio de violencia, incluso aunque se justifique por la dinámica de los hechos, una persona que normalmente no es agresiva se ve a sí misma en infracción, una culpa rara  que lo definiría  como un hombre que no puede controlarse, o sencillamente el hecho de volver a pensar en esas visiones violentas contra otra persona, si bien esa noche se durmió fácil  se despertó asustado a las dos horas, y estuvo inquieto una hora en su cama revuelta. Pero al fin se  durmió y luego otra vez la mañana, otra mañana siempre eran un estorbo. Y volvió sobre él episodio. Nunca hubiese sospechado  que tan presionado podía sentirse, para hacer algo así, él sabe bien que no fue el miedo tal como comentaron los policías el que activo tanta furia, para que  derrame  ese  odio sobre ese cuerpo ya vencido sobre el pavimento. Cuanta crueldad le traía el desamor…. que oscuro asunto era ese amor enquistado en su cuerpo amortajado.

Leyó el diario impreso, y una noticia le llamo la atención. Habían condenado a una mujer por agresión a un profesor de escuela a cuatro años de prisión efectiva. Terminó de leer el artículo completo y necesitó de  un rato para que su mente reúna los datos y considere algo feo y sucio en todo eso. El hombre habría dicho que tenía problemas con el niño – ¡en que desencadenaron!- y  quería reunir a la madre y a su hijo,  para darles la noticia que lo cambiarían de colegio. La mujer llegó enojada y lo agredió verbalmente y según cuenta el director ella saco un “palo” de ¿beisbol, una escoba rota, una rama…que era? El se defendió  con la silla como escudo y consiguió salir de su despacho. Luego le pegaron ¿en qué lugar del cuerpo?...pero el asunto es que perdió el conocimiento. El hombre de 45 años cuenta que se siente satisfecho porque se hizo justicia. No queda claro cuáles fueron las heridas, pero el hombre quedo con estrés post traumático y no puede volver al colegio porque se encuentra con “licencia a pesar de ser la profesión  que ama” según lo que el indefenso director comentaba. Esto sucedió hace un año y una escoba, o cualquier otro instrumento domestico, lo dejó inoperante para volver a su eterno amor: su profesión. Por supuesto que la mujer perdió la cabeza más de una vez para querer por las suyas arreglar cuentas con el director. Pero se puede pensar en otro tipo de director: El hombre se defiende con la silla y reduce a la mujer, y si se las ve n poco difícil entonces pide auxilio, y luego deja que todo siga su curso y el colegio le hace una denuncia a la mujer y punto. Un verdadero hombre, que cuida a los niños del colegio,  no se regocija en dejar bajo las rejas a la madre de un alumno. No debiera dormir tranquilo, además no le sucedió nada tan grave, no perdió un ojo, o quedo cuadripléjico, solo se llevó un susto. Por eso un verdadero director –así entendía Ricardo todo el meollo- no anda pidiendo defensa por todos lados y se aleja de la escuela por una madre loca. Al hombre en cuestión le gusta el lugar de víctima más que seguir en el colegio… “Le arruinaron su carrera, no podrá continuar” quizás el hijo de la mujer sea un joven difícil,  al que se le puede temer, pero este hombre que aceptó resignadamente el estigma social de hombre golpeado hace bien en no volver a un colegio en donde los niños tratan de no convertirse en animales. Por el momento el dejó sin madre por cuatro años a ¿Un animal? Claro que encontró una jueza a la que no le gustan las escobas y menos la sangre ¿Hubo sangre? A la jueza le gustara limpiar o prefiere ver la mugre en las demás mujeres. De la señora ya no se puede decir nada… hace seis meses que está en prisión. Se hizo justicia… ¿Y el niño…y los niños sin director? ¡Y el niño con su madre presa! ¿Nadie le dijo todavía que puede iniciar acciones civiles y hacer justica económica? Ya se lo dirán…
Por la tarde concurrió a la oficina y aquel sentimiento extraño de culpa, de agresividad descontrolada, se fue convirtiendo en algo mejor, una consistencia, un tipo de la potencia, lo notó en sus ojos cuando se miró nuevamente en el espejo del ascensor.
La firma intentaba reacomodarse sin Martín por lo que hacía operaciones más sencillas reduciendo los riesgos pero también el beneficio, en los pocos momentos en que Ricardo debía evaluar la perspectiva de la empresa y se interesaba ligeramente por el mercado y los números, aunque luego volvía a cavilar y a dar vueltas en redondo sobre sus tema, dejando las ganancias o las perdidas en manos de nadie. Se pregunto cuál era su peor miedo. Decidió que eran varios: no ver más a Soledad,  no devolverle su amor, el joven amor que ella le  ofreció ante su indiferencia de tiempo atrás, no recibir el amor de Soledad y ser feliz él de otra manera, ser infelices los dos,  Soledad  feliz con otra persona,  Soledad sufriendo,  la muerte de alguno de los dos, envejecer distanciados… Así se repetían esos pensamientos modificando, la pena en lastima, la lastima en resentimiento, el resentimiento en culpa. Luego el desanimo acallaba sus ideas.
Golpearon la puerta, era su secretaria, le dijo que entre, y Vanina apoyada contra la pared con su estilográfica golpeándose los carnosos labios -hubiera sido una buena imagen para otro varón-, le comunicó que Martin Echegoyen había llegado y que pidió hablar con él. Una emoción indefinible le hurgó el medio del pecho pero no podría nunca describir que significaban esas palabras o ese nombre en ese momento. Le indicó que lo haga pasar tratando de no parecer turbado y cuando ella se retiró se sintió muy solo. Temía que se arreglaran las cosas entre Soledad y Martín  o algo mucho peor: pedir la renuncia, explicar su coyuntura, es decir que se termine de perder el lazo, eso era Martín para él, un único  lazo.
Después de darle un apretón de manos algo más largo de lo normal, en la universal forma de la gratitud, con su mandíbula extendiendo su sonrisa, y antes de sentarse, Ricardo notó que Martin podría creer que él estaba ofendido, o herido. Quizás creería que un hombre con esa personalidad y ese porte, debiera ser orgulloso. Seguramente lo era pero no siempre ni con todos. Además era difícil tener una reacción vanidosa o resentida frente a un hombre al que se siente tan lejano, y tan poco propenso a hacer el mal, tanto como el bien.
-Quería diculparme contigo Ricardo- alzó una mano conciliatoria- se que estuve mal en no venir y no llamarte –permaneció callado, pero no parecía esperar una respuesta.
-No hay lo que disculpar.
-Sí, pero no conoces todo lo que paso- dijo y le dirigió una mirada profunda y confidencial como casi nunca un hombre así lo hace- yo tuve una conducta inapropiada, que vine a explicar…
Ricardo no tenía muy claro que sentir pero por la dinámica de la situación estaba menos angustiado, pero igual o más tenso.
-Si te parece apropiado yo te puedo escuchar- lo pronunció con algo de lentitud, quizás era miedo.
Y entonces explico todo. Martín había ganado en los últimos seis meses más de sesenta mil dólares en las apuestas deportivas, y nunca le ocultó nada a Soledad sobre esos valores, además él era quien organizaba el dinero. Soledad solo le había pedido si podían realizar algunas reformas en la casa, sobre todo en la pieza de la madre que tenía manchas de humedad, y se sentía el olor espeso del agua estancada en las paredes y se veía muy feo ese descolorido con la pintura descascarada. El le había dicho que si, parece que  todos los arreglos no sumaban ni un tercio de lo que él había ganado. Pero aquí ingresa otra persona en la historia: su madre. La mujer anciana y viuda vivió desde que desapareció  su marido con Martín en una “pieza pequeña” en lo que era el símbolo más real de la vergüenza. Desde niño Martín desarrollo una fantasía anormal en el poder de su inteligencia y en la posibilidad de salvar a su madre. Con el tiempo su madre enfermo mentalmente, y su deterioro fue rápido porque no hicieron nada médico para ayudarla, hasta que el carácter de la señora hacía imposible vivir con ella. Martin después de varias veces que su madre lo hecho, decidió no volver a vivir con ella, y solo le enviaba el dinero suficiente para que la mujer compre sus necesidades y llevaba además comida. A él tampoco se le ocurrió amenguar el mal de su madre con tratamientos, pero siempre continuo conectado a salvarla, imaginando que le compraba una casa para que abandone eso que los dos llamaban “la  pieza”. Por eso el salteó toda necesidad de cumplir su pacto con Soledad y cuando se encontró con el dinero conseguido gracias a  su inteligencia compró una casa para su madre, que ya casi ni habla.
-Supongo que debes sentenciarme por lo que hice…nos ayudaste mucho, fuiste nuestro amigo y ahora yo defraudo a todos de esta manera.
-¿Cómo esta Soledad?
-Está enojada y dice que detesta el día que se casó conmigo.
-No pensaste que se podía enojar- Ricardo lo dijo neutro para no parecer sentencioso.
- Yo con ella me case, y mi madre me dio la vida, pero nosotros tenemos casa y ella solo tiene esa…pieza- su rostro pareció recorrer muchos años tristes.
-Y por qué te casaste con ella- necesitaba saber.
- No se…me pidió que nos casemos desde el principio.
-¿Desde el principio?
-Si antes que camináramos veinte cuadras, yo ni siquiera pensaba en darle un beso, además ella es demasiado linda…que podía querer de mí. Solo quiero que no me odie, yo viviré con mi madre, y el próximo dinero será para arreglar su casa.
Estaba claro todo para Ricardo, pero en los ojos de Martín había algo que no dijo, y se le notaba en  una dura lucha interna que tenía con sí mismo.
-Solo te quiero pedir que no pienses mal de mí, y que confíes de nuevo… yo necesito trabajar acá a tu lado… ¡Por favor no me despidas!- Se lo notaba afectado.
- Te quedaras acá el tiempo que quieras… nos resultas muy efectivo.
El podía seguir con sus apuestas y ganar su dinero solo, pero incluso los más dotados y excéntricos  necesitan un espacio, las palabras de los otros, las paredes de un lugar al que se debe acudir, un horario. Por eso le dijo que le estaba desde siempre muy agradecido y con una sonrisa de franca vanidad aseguró que incrementaría los beneficios de la empresa.
Luego, cuando Ricardo salió de la oficina lo observó sentado encima de su pantalla y con un chasquido de los dedos, con gran seguridad, pleno, pidió un café y su mandíbula cerca del monitor miraba el punto que a los demás se les podría escapar, el punto donde él era esa rara inteligencia.  
En la calle el sol se desmenuzaba en reflejos que hacían rojizas alguna hojas de los arboles, y  pensó en algo importante sobre Martín…cuánto podría amar un hombre a una mujer, que no percibe ni imagina la cercanía de su pretendiente,  del hombre que la ama más que cualquier otro  y que seguramente no debe poder disimular ni sus miradas. Tan poco puede un ser humano prestar atención a los detalles que rodean sus pertenencias. El punto donde Martín pone el centro de su vida no es en la mujer, o al menos en esta mujer, tampoco queda claro que son los otros para él. De su madre solo había dicho neutralmente que le dio la vida.  
De todos modos no bien sabía cómo seguir y ahora todo parecía posible, pero acaso ¿él levantaría su frente valiente y se dirigiría a esa casa y se atrevería que todo sea en ese único instante en que vea los ojos de ella? porque si bien Soledad no es una mujer orgullosa, sí es digna y podría necesitar conseguir alguna señal interior para poder aceptar un amor tardío, por el que además luego cometió desesperadas equivocaciones. No él no sentía que ella lo esperase decidida, seguramente – se decía- su sensación de frustración y vergüenza la alejarían de las miradas extrañas, y Ricardo era quien más entendía esa vergüenza.
En las últimas semanas el tiempo era siempre incómodo, por eso quería detenerlo para que la certeza de la perdida no llegue nunca, o acelerarlo para que todo sea de una vez y listo, pero el tiempo real, el que avanza al ritmo de su propio compás, ese lo dejaba siempre en la desesperación de cada instante y ese es el que sufrió. Ahora el tiempo no le resultaba cruel…  “quizás llegó el tiempo… debo adentrarme silenciosamente en mi oscuro dolor y aceptar los tiempos y las verdades de mi destino.”  
Caminó por variadas calles de consuelos plácidos, recorrió los distintos restaurantes hasta que eligió el adecuado, pensó en el vino, comió algo novedoso y solo cuando sintió la modorra friolenta del sueño, se incorporó con seriedad y  sin apurarse se colocó su campera y la cerró con parsimonia y con la dignidad de un hombre que acepta su condición abrió la puerta y se sumergió en la oscura  transparencia de la noche vacía. No estaba del todo seguro, pero en ese momento su vacío no era atroz.