viernes, 14 de junio de 2013

Amor no tan líquido .


La necesidad de amar.

Entre las conversaciones de las personas, sus sentimientos y la manera de expresarse se percibe una clara decepción para sus aspiraciones románticas. Este nuevo escepticismo toma un cuerpo preocupante en los últimos diez años o quizás algo más. Definitivamente las personas sienten a sus vínculos más inestables en los comienzos, en los intermedios y en la madurez de las relaciones de pareja. Según las mismas personas –a veces decepcionadas- y  los ensayos filosóficos, se concibe como responsable al ser humano –mancillándolo- de esta nueva circunstancia, calificándolo  de  egoísta, centrado en sí mismo, con menos predisposición para el esfuerzo y para afrontar las necesarias crisis y dificultades de todas las cosas y también las del amor. Se entiende que son las personas quiénes prefieren ese desperdicio con tal de no asumir responsabilidades.  De esa forma se los acusa  y se dice que prefieren vivir una vida tangencial y sin apoyo, desligada del propósito. Esa es la confusión: se acusa al hombre de no necesitar más del sentido que puede dar a sus vidas la unión integral con otra persona.  
Se cree que si el ser humano fuese más responsable pudiese ser que  se consiga una creación a largo plazo en que el amor siga, allí en donde un ser humano intenta con lo que sabe y con lo que no sabe, mejorar su mundo afectivo. Esa gran ambición universal. Se les exige y se les cuestiona a las personas una mayor decisión en los vínculos y se los señala de irresponsables o volátiles. Claro que ningún texto define a los seres humanos como  tan abrumadoramente egoístas, pero en definitiva casi que lo hacen porque se incluye a todos: Los que no saben amar, las que aman demasiado, los tóxicos, los hipertóxicos, los demasiado mansos, bueno…muchas modalidades del carácter que exacerban la propensión paranoica de quienes opinan. Pero –y esta es una idea central del libro- creo que la intensidad de la necesidad amatoria no ha disminuido en cuanto a pretender cuidar, dedicarse y querer el bien del otro, así como su contraparte: ser cuidado, escuchado y sentir que alguien nos quiere con lo mejor de su humanidad, y prestando sus cualidades para mejorar las dos vidas. Las dos caras del amor. Una es la  de dar y querer y la otra la necesidad de cobijo y seguridad. Son definitivamente  necesidades y capacidades que no se han modificado con las modas, porque son  tan inherentes a la condición humana general  – de otra forma el vacio y la soledad arremeten para entristecer y refugiarse en el peor de los placeres cortos- que su potencia no puede ser reducida a pesar de la disminuidas condiciones sociales que no siempre cuidan la preponderancia de los valores elementales. Los valores son  los argumentos ya instalados por los que las personas de una manera intuitiva creen en ciertas ideas que les aportaran felicidad y sentido. Estos no cambian, sí en cambio pueden cambiar los hábitos sociales y acorralar a los valores que pujan por la estabilidad de las personas y quedan sin expresarse y sin influir. Es decir, las personas conservan sus valores pero no pueden expresarse a través de ellos y de esa manera se debilitan, pero las prioridades que incluyen la expectativa de amar y ser amados no ha cambiado. Esta necesidad de estabilidad emocional  solo es atacada por la forzada adaptabilidad a los patrones flexibles, negligentemente flexibles del intercambio amoroso.