El rictus apretado de sus labios,
señala el inexorable cincelado del tiempo.
Camina por las calles,
y esos colores,
de la vida misma,
de su infancia,
lujosa,
eficazmente antigua... intemporal,
como todo principio...
Ahora todo se habia opacado,
el sol ya no brillaba,
como en el comienzo de la historia del mundo.
Ella había dejado discurrir el tiempo,
confiandose a cada presente,
y las torpes comodidades.
Había dejado pasar los días, los meses,,,
los años implacables,
en la contemplación,
conformandose con las alegrias evanescentes,
las del día... las de la semanas.
promesas, tan solo suposiciones.
Y la belleza,
ella tambien cambía,
y da a nuestra relación con el mundo,
una agria lejania.
Es el tiempo no aprovechado,
es la escases de la lucha en el instante,
se había confiado a que el tiempo se detendria,
o se movería lento.
Pero quiso ser feliz con poco,
o así decidio su caracter ( ¿es así el destino? )
sin los riesgos admisibles,
deseó estar en paz,
acobijada, ser paz ella,
y quedó a mitad de camino.
hoy el espejo le devuelve una imagen agradable,
pero...
mucho ya se ha perdido.
Fui busqueda y fui enojo,
fui dolor y consuelo,
pero he resucitado
en el medio de los otros y sus indiferencias.
En la oscuridad,
el espacio se llenaba:
de sabidurias,
del mundo hermoso de la infancia,
fui dolor y consuelo,
pero he resucitado
en el medio de los otros y sus indiferencias.
En la oscuridad,
el espacio se llenaba:
de sabidurias,
del mundo hermoso de la infancia,
de recuerdos esenciales...
y las sombras se callaron,
allí en el medio de todo,
las voces fueron silencio,
y en esa calma todo se suspendio en el aire,
y el silencio me hablaba sin decir,
dejando todo quieto alrededor de mis ojos cerrados,
y las sombras se callaron,
allí en el medio de todo,
las voces fueron silencio,
y en esa calma todo se suspendio en el aire,
y el silencio me hablaba sin decir,
dejando todo quieto alrededor de mis ojos cerrados,
y deje que las cosas sean,
en su quietud y en su movimiento,
hasta que yo mismo fui silencio...
hasta que yo mismo fui silencio...
Por Gabriel Dancygier*