sábado, 13 de julio de 2013

Capitulo 1 del ensayo Amor no tan líquido... La necesidad universal de amar.


La necesidad de amar.

Entre las conversaciones de las personas, sus sentimientos y la manera de expresarse se percibe una clara decepción para sus aspiraciones románticas. Este nuevo escepticismo toma un cuerpo preocupante en los últimos diez años o quizás algo más. Definitivamente las personas sienten a sus vínculos más inestables en los comienzos, en los intermedios y en la madurez de las relaciones de pareja. Según las mismas personas –a veces decepcionadas- y  los ensayos filosóficos, se concibe como responsable al ser humano –mancillándolo- de esta nueva circunstancia, calificándolo  de  egoísta, centrado en sí mismo, con menos predisposición para el esfuerzo y para afrontar las necesarias crisis y dificultades de todas las cosas y también las del amor. Se entiende que son las personas quiénes prefieren ese desperdicio con tal de no asumir responsabilidades. 
De esa forma se los acusa  y se dice que prefieren vivir una vida tangencial y sin apoyo, desligada del propósito. Esa es la confusión: se acusa al hombre de no necesitar más del sentido que puede dar a sus vidas la unión integral con otra persona.  
Se cree que si el ser humano fuese más responsable pudiese ser que  se consiga una creación a largo plazo en que el amor siga, allí en donde un ser humano intenta con lo que sabe y con lo que no sabe, mejorar su mundo afectivo. Esa gran ambición universal. Se les exige y se les cuestiona a las personas una mayor decisión en los vínculos y se los señala de irresponsables o volátiles. Claro que ningún texto define a los seres humanos como  tan abrumadoramente egoístas, pero en definitiva casi que lo hacen porque se incluye a todos: Los que no saben amar, las que aman demasiado, los tóxicos, los hipertóxicos, los demasiado mansos, bueno…muchas modalidades del carácter que exacerban la propensión paranoica de quienes opinan. Pero –y esta es una idea central del libro- creo que la intensidad de la necesidad amatoria no ha disminuido en cuanto a pretender cuidar, dedicarse y querer el bien del otro, así como su contraparte: ser cuidado, escuchado y sentir que alguien nos quiere con lo mejor de su humanidad, y prestando sus cualidades para mejorar las dos vidas. Las dos caras del amor. Una es la  de dar y querer y la otra la necesidad de cobijo y seguridad. Son definitivamente  necesidades y capacidades que no se han modificado con las modas, porque son  tan inherentes a la condición humana general  – de otra forma el vacio y la soledad arremeten para entristecer y refugiarse en el peor de los placeres cortos- que su potencia no puede ser reducida a pesar de la disminuidas condiciones sociales que no siempre cuidan la preponderancia de los valores elementales. Los valores son  los argumentos ya instalados por los que las personas de una manera intuitiva creen en ciertas ideas que les aportaran felicidad y sentido. Estos no cambian, sí en cambio pueden cambiar los hábitos sociales y acorralar a los valores que pujan por la estabilidad de las personas y quedan sin expresarse y sin influir. Es decir, las personas conservan sus valores pero no pueden expresarse a través de ellos y de esa manera se debilitan, pero las prioridades que incluyen la expectativa de amar y ser amados no ha cambiado. Esta necesidad de estabilidad emocional  solo es atacada por la forzada adaptabilidad a los patrones flexibles, negligentemente flexibles del intercambio amoroso.  

Entonces, sí existe – insoslayablemente- una fórmula flotando entre rumores y quejas  –entiendo que es inexacta-  que explica que el ser humano se ha hecho más imprudente e incapaz de generar relaciones duraderas.  Debiéramos cambiarla por la siguiente:  la sociedad  no está ofreciendo a las personas los hábitos y  costumbres que  colaboran para ofrecer  las garantías necesarias para sentirse tranquilos en vínculos donde el apego cariñoso de los días y también del futuro sean certeros, donde se considere la paz mental del otro, creando una tarea loable y triunfadora, en que los celos sean considerados en la medida de lo que son: un gran roedor atento a sacar de la personas asustadas, sus paranoias y sus peores reacciones, perniciosas para crear cualquier unión. La unión aseguradora y cobijadora que se requiere y se escurre por las alcantarillas de la liviandad y del ego en donde al final no se salva nada esencial. Pero esta trivialización del vivir no es natural  ni resulta de una elección, ni explica al hombre de ahora y de los tiempos, es en mi opinión efecto de una reacción defensiva y temerosa a la falta de garantías para confiar en la creación de vínculos con formatos claros,  que promuevan el futuro de una persona y no solo el presente manipulando  ilusiones que indefectiblemente caerán en la inquietud y la angustia por  dejar sin asidero  uno de los pilares de la vida emocional de las personas: la vida amorosa.  Resulta que los seres humano comienzan a vivir con miedo y ya no es un tema de irresponsabilidad personal, o de ligereza natural, si no del efecto angustiante cuando las relaciones de amor se viven como una amenaza y obligan psicológicamente a su alejamiento, porque al final muchos eligen por el mejor de los males en el que al menos se consagraran al alivio mental de quitar la tensión de las relaciones, y dejan de vincularse o si se vinculan, lo hacen mal. Por una comprensible verdad: a nadie le gusta sufrir. Porque el pesimismo se apoderó de sus pensamientos y luego de sus acciones entonces es difícil que una persona pueda atreverse a dar amor consistente si no piensa en que eso – la creación del amor-  se puede desarrollar también a partir de sí mismo con cierto nivel de control y confianza en los otros. Siente y sufre las condiciones adversas de los hábitos y no quiere arriesgar más sus sentimientos y su equilibrio y poco a poco se acostumbra a eso que vive, y deja de recorrer esa búsqueda esencial y también otras. Las personas están reconociendo todo esto pero les cuesta cambiar  los hábitos inadecuados. Incluso los habitos que sí podrían cambiarse: los personales. Porque ir en contra del uso y la costumbre requiere un nivel de fortaleza o entendimiento del que no todos disponen.
 Existe una cierta colección de modas en que la sociedad toma por normal lo que es verdaderamente disfuncional para la tranquilidad de ese delicado evento que es la pareja humana y no todos están preparados para imponer sus propias reglas aunque emocionalmente si las necesiten.

En este libro intentaré mostrar algunos de esos hábitos inconvenientes, a sabiendas que para las personas no es sencillo modificar lo establecido, pero me esforzaré en  trazar algunas formas de cuidar mejor lo propio y las relaciones. El libro no ambiciona de ninguna manera  ser un gran manual de lo conveniente y funcional, y acepta las diferentes aptitudes de las personas y sus distintas  maneras de entender y mirar el mundo por el que también desarrollan su humanidad. Solo haré énfasis en los hábitos, ideas y conductas que creo conveniente recuperar o adquirir para evitar los perjuicios de las nuevas costumbres que abarcan y modelan las  relaciones amorosas.

 Puede que para algunas personas la condición romántica y de conexión con otro ser no sean una prioridad o directamente no lo entiendan – seguro que por educación y vivencias- como una opción valiosa. Bueno para ellos no estaría destinado el libro. Pero… ¿Quién puede estar tan seguro de saber qué es lo que no quiere y porque lo evita? Muchas personas han sufrido mucho desamor en sus vidas y puede ser que ya no quieran exponerse a más riesgos, o al menos evitarlos por un tiempo, pero también considero que muchas veces las elaboraciones internas o con ayuda profesional o la misma cultura en sí – la literatura, el cine, el ensayo filosófico, las religiones-  pueden crear una nueva imagen – renovada y mejorada- de las relaciones que se vivieron y muchas veces -aunque en algunas no- se puede extraer de ellas una nueva mirada que ofrezca seguridad, al entender e incorporar que tipo de amor se ofreció y se recibió con verdadero bienestar, a pesar de su alcance y su límite, en el tiempo que se consiguió y ese vínculo creció y nos transformó. Las relaciones no se componen solo de su final, muchas veces el dolor es quien definirá la importancia de esa instancia para nuestra vida, porque no es tan inexacto eso que se dice que somos lo que vivimos. Lo que incorporamos de nuestra vivencia muchas veces es muy intenso y causa dolor y de ahí, se explica el  valor que tuvo y tendrá.
 Entonces, este pequeño ensayo intenta pensar y modificar los sufrimientos evitables. Eso que está predestinado a causar más angustia que crecimiento y bienestar.

Por lo tanto, definimos… la necesidad de amor no se vio modificada por la época aunque si sus formas y su expresión, y quizás por eso  aún los influenciados más negativamente por este encierro, muestren su necesidad afectiva a través de protestas, aislamiento y se los escuche descreídos y quietos.
El amor es realmente azaroso y lo que a una persona le suceda no establece ninguna equivalencia  con lo que le pueda acontecer en el futuro. Por eso entiendo que los hábitos temerosos que empobrecen la vida de relación y sus posibilidades, provenientes muchos de costumbres y de la influencia de la sociedad y sus rumores. Pueden las personas en su  vida individual y en sus decisiones contar con soluciones más allá y por encima de los  hábitos y la costumbres. El comportamiento amoroso pueda ser modificado incluso por cambios en la actitud y en las conductas de la personas.
Los mecanismos psicológicos nos predisponen para lo peor y en parte es natural que así sea, para estar preparado para las eventualidades negativas. Es la estructura mental de nuestra psicología, la de  estar atentos al peligro y protegernos de antemano; esto explica que si una parte de nuestra vida se ve amenazada tendamos a protegernos y muchas veces se hace a través de la huida o de la trivialización,  desactivando nuestras emociones y sentimientos, cuando en condiciones mejoradas de los hábitos sociales o de nuestros propios recursos, podemos asumir algún nivel de riesgo con garantías. Las relaciones entre personas pueden a veces terminarse pero deben al menos ser y no solo parecerse. Según una lógica muy sencilla lo que parece no es. Y las confusiones hacen mucho daño porque obligan a adaptaciones muy trabajosas y sacrificadas de la conducta y de los sentimientos. Insisto en la importancia de reconocer  que sobre sus  vidas las personas deben  crear sus propias reglas para cuidarse y aumentar sus posibilidades de felicidad y disminuir el sufrimiento evitable.
Me extrañó la manera en que muchos pensadores sobre estos temas creyeron que el problema consistía en que el hombre se había  modificado  en algo tan esencial e invariable como la necesidad de amor y de conexión personl. No pudieron entender –al menos como yo lo observo cuando veo parejas y personas que sufren- que el  cuerpo emocional de las personas no elude las responsabilidades, si no el miedo a sufrir de maltratos o de desencuentros. En muy pocas personas encontré un sentido cabal de no querer responsabilizarse en relaciones amorosas salvo cuando corresponde a motivos de defensa frente a los dolores del pasado o a la necesidad de descanso mental. O en algunos casos de patología seria del carácter.

Pero al mismo tiempo –muchas de estas personas- hablan sobre el tema pronunciándose a favor de las relaciones estables y reconocen que quieren establecer vínculos profundos. Es decir de la combinación turbulenta entre la pretensión de compartir  y el temor a relacionarse surgen pensamientos y acciones muy disgregadas  que pueden traer sufrimiento o desaprovechamiento aún cuando el amor y sus azares señalen las oportunidades en la vida de un ser. El miedo y el descreimiento prematuro pueden enturbiar hasta la más exacta de las oportunidades. Al encontrar un patrón de comportamiento que establezca reglas de interacción con otro ser humano el miedo comienza a perder ese carácter crónico y sin sentido y comienza a ser el ligero y transitorio sentimiento natural que define que se puede estar en presencia de algo grande.