domingo, 14 de julio de 2013

Un hombre no puede hablar con su fría mujer... párrafo de El escritor y la mujer francesa.


Medianoche.

Nunca pude conversar con Isabel de la tersura de los vientos de las oscuridades, ni de la amplitud conmovedora de los paisajes envolventes que recorríamos juntos o de la manera en que mi moral afectaba mi literatura para crearla o para detenerla; aunque quizás sí lo hablaba a veces pero tan poco y sin fluidez, que mis palabras parecían culpables y se frenaban, por eso mi interés de compartir mi mundo con ella flotaba con el fastidio de una necesidad insatisfecha a mi alrededor, porque imaginen a una persona como yo si no puede hablar de lo axiológico, cuando lo moral es parte de lo que le empieza a preocupar a cualquier hombre maduro para llevar  su vida mejor, porque lo que creemos que se debe ser, es la medida, en más o en menos, de lo que decidiremos para llevar la calma a nuestra mente. Además consideren a un escritor que no pueda hablar con su mujer de lo que debemos ser y lo que queremos ser  en lucha y convivencia con el mundo de los sentimientos, la lucha entre el bien -que organiza al mundo y a la mente- por un lado y por el otro: el placer, ese gran imán que mueve al mundo y a las fantasías. Al final lo ontológico –ese grito del ser-  nos hace creer auténticos pero no llegamos a sentirnos bien sin seguir algún patrón moral, una línea de corrección hasta que aprendemos a vivir, y sabemos que nuestras obligaciones son tan promisorias como nuestras libertades. Todo el tiempo los personajes, de los que escribo, se balancean entre esos polos. Y me encantaba hablar de ello. Pero, para mi esposa todo eso representaba un suerte de intimidad  que  esquivó todo el tiempo, en verdad,  siempre supe que mi entusiasmo, mis conversaciones hondas la agobian, la cansan… llegué incluso a acomplejarme de mi voz, sí… el sonido de mis palabras urgidas podrían molestarle con su invasión porfiada, porque al final cualquier hombre frustrado comienza a ser impertinente