martes, 23 de julio de 2013

El amor con los años... capitulo 7 de Amor no tan líquido.


 El romanticismo con los años.

El enamoramiento, esa fuerza que propulsa el énfasis en vivir en términos de todo o nada,  tan linda o tan desgraciada, que hace al ser humano ser lo mejor o a veces lo peor, su más desgraciada caricatura; tiende a amenguar con el tiempo para conseguir la tranquilidad del amor, y aparece la posibilidad de armar una vida diversa y tranquilla, de una sencillez llevable  y grata. Pero al amor, a diferencia de ese conato de frescura y explosión en que los tiempos de las primeras pasiones se inventan solos, requiere de otros atributos que obliga a las personas a  crear, a construir, a mejorar. Allí se revela nuestra personalidad, lo que hicimos con nuestra biografía, lo que podemos dar y conseguir. Pero para tolerar naturalmente la disminución de las intensidades, aquí cuenta todo, debemos tener en consideración los valores y nuestra idea de sentido, es decir, confiar en  el bienestar de lo correcto y considerar el valor de lo importante y no dejar de observar esa lucecita con que el propósito nos atrae hacia él, para armar el futuro en  el que se desarrolla todo lo nuestro. Es decir la felicidad: por acumulación de pequeños momentos y la tranquilidad de sentirnos conformes considerando nuestra vida en una perspectiva amplia, por encima de la intensidad de lo transitorio. De todas maneras, es una buena idea que además del amor –desear el bien del otro y cuidar de esa persona- se continué ornamentando el romanticismo, es decir la dulzura y el cariño, expresados en la forma del encanto delicado y suave del amor.

 En general por el uso coloquial de las palabras, nos escuchamos hablando cada vez peor, con mayor cantidad de palabras inventadas y salteando o perdiendo el sentido integral de lo que queremos decir y esto es un estorbo para la textura y lo agradable de cualquier conversación o hasta de una frase. Nada se parece a un cumplido. Me refiero a que torpemente se deja de lado, la obligación de crear el romanticismo.  Por la rutina, la costumbre y el exceso deformante  de la confianza, la acumulación de familiaridad ocasiona que de a poco las personas se expresen entre sí, como si ya no hiciera falta seguir agrandando  o se olvida que debemos encomendarnos en que la  persona que queremos siga creyéndose especial y valorada románticamente.
Entonces, se deben crear hábitos por el cual la modalidad de la conversación y las formas del intercambio propongan una forma dulcificada que refuerce la confianza en el amor y en la elección ya realizada. Definitivamente en una relación de pareja –ni después de treinta años- se debe usar el lenguaje que se emplea con  los demás en el intercambio dialogado. No hay lugar para hablar con malas palabras sacrificando las formas, para hacer payasadas ridículas que nunca se harían en una primera cita… En definitiva perder la línea y caer en las peores formas de lo tosco para descubrir que ni uno  podría gustar de sí mismo, si se observara en el espejo. Estar atento a lo que el otro necesita como demostración de cariño es muy conveniente, comprar flores, inventar un sobrenombre singular y que les guste  a los dos, ir los sábados a una confitería linda, salir a bailar como en los viejos tiempos, decirle que le queda bien la ropa. Por supuesto que esto es de alguna manera algo creado pero… quien se resiste al placer de las palabras bellas y las miradas nobles. En una novela que escribí hice mención de una situación natural sobre una pareja que llevan muchos años juntos, y creo que  puede resultar simbólico y explicativo de una verdad agradable:
Un hombre se decide y le compra flores a su mujer, claro que no con las expectativas  de las primeras veces pero igual visualiza la sonrisa de ella al recibirlas. Y por eso siente una suave alegría en su cuerpo. Cuando se las ofrece ella se alegra y le pregunta si la quiere igual que en los viejos tiempos. El hombre  duplicando la apuesta  responde que cada día está más enamorado. Tiene la inexactitud de todo halago. Es probable que esa palabras no sean estrictamente verdaderas, pero ¡a quién le importa…! se abrazan confiados, mientras con esa  humanidad y ese cariño siguen creando el amor que ya tienen.

Otro mal uso de la confianza lo observo en la exteriorización crónica del atractivo de otros hombres o de otras mujeres en la calle o  de personas que aparecen en televisión. Esto obedece a un bruto manejo de la confianza, en que se toma a la relación como un lugar de entrecasa, demasiado doméstico, donde no se deben guardar las formas. El romanticismo consigue su esencia a través de las formas y esto debe asumirse, no sirve decir no es nada, vos sabes que te prefiero a vos… el ingrato efecto de las palabras toscas, en ese declive que siempre es la seguridad excesiva, en que aparece la puerilidad de las acciones… hasta  el mejor puede convertirse en el más precario.

También he escuchado quejas en torno a infantilizar la conversación y el vínculo. Entre ellas rebotan vergonzosamente: utilizar modismos y tonos como los de un bebé, deformar palabras, mostrarse definitivamente indefenso sin estarlo, darse golpes tontos como si fuesen hermanos, risotadas horrendas.
Olvidando siempre que el amor en su aspecto  romántico y agradable  incluye gustar. Sigue por siempre como una noble tarea que levanta nuestro mentón. El del estilo. Por supuesto, que uno debe sentirse autentico en las relaciones, pero acaso una persona se siente bien si a los treinta años habla como bebe, si de diez palabras dos son palabras soases y tres inexistentes, sí descuida las formas que tiene para el otro, si se siente un ser ordinario y abusivo, si no consigue hacer pequeñeces que están a su alcance para dar alegría a su hogar y a sus seres amados.
Estos descuidos nos suceden a todos y es en parte por la seguridad que genera el amor en el cobijo  y la aceptación que tenemos de otro ser humano, pero debiéramos tomar  esa hermosa circunstancia para crecer como personas en nuestro modo singular y en lo que parecemos. Después de todo uno es entre otros aspectos, también lo que de sí se observa.   

Gabriel Dancygier