miércoles, 17 de julio de 2013

Un niño vive su infancia en le medio de una madre viuda. Párrafo de La mujer del projimo


Cuando era niño miraba el reloj de cedro con cristales biselados, era la mejor versión de un reloj de pared, se apoyaba vertical sobre la pared del comedor, revestida en un empapelado de flores rosas y trazos violetas, él la  esperaba con sus ojos llevados por el péndulo, aunque también seguía la ubicación de las agujas doradas, para tener una noción del tiempo de su madre, que después de terminar con su trabajo  dedicaba una hora a la lectura o a la escritura, para luego sentarse a la ceremoniosa mesa frente a su hijo, a la espera alegre de la cena que preparaba la señora Herminia. Sus ojos eran cansados, tristes y dulces y no reprimían nada del amor por su hijo. Eran también ojos hermosos y verdaderos, en los que se veía también un fondo inteligente. Lo miraba con dulzura y le preguntaba con paciencia, para que su hijo  hablara y le decía regularmente que lo amaba, a lo que Ricardo a veces contestaba “yo también mama te amo, porque eres muy buena” pero otras veces no decía nada y seguía hablando de cosas de niño, salteando ese tipo de intensidad.
En esos momentos que compartían, era la infancia a veces una tarea difícil: todas la luces encendidas, la radio sintonizada en alguna FM de música clásica, su madre sonriendo más de lo que una persona normalmente lo hace, hablando de demasiadas cosas al mismo tiempo, a un niño que necesita también de silencios para crecer y para entender. Sus palabras eran extenuantes. “…Ricky que bien que has sacado un diez en lengua…recuerda este domingo verás a tu primo, se muere de ganas de verte…¿no te alegra?, el te quiere tanto…ah cierto ya me dijiste ayer que lo querías…¿Hijo estas un poco triste?...no, no se cosas de madre…que quieres que leamos de noche, o prefieres ir a la heladería…podríamos hacer las dos cosas…¡Compré un edición ilustrada de Viaje al centro de la tierra!….Preparé flan con dulce…”
La lucha contra la tristeza y los silencios amenazantes eran una tarea permanente. Ese comedor rodeado de cuadros de óleos y acrílicos impresionistas y abstractos, ayudados por las luces dirigidas hacia ellos, resaltaban  el talento de cada obra, con esas paredes de  empapelados protectores que recibían el claroscuro de lámparas de pie clásicas y algunas más sofisticadas, hacían del lugar algo hermoso pero también triste, porque el dolor encuentra todas las grietas que las personas intentan salvar, porque la tristeza tiene vida propia y en su peso puede de a ratos aplastar al alma si no se expresa. No había forma que no fueran tiempos difíciles…su padre faltaba todo el tiempo y esas sonrisas demacrada como la de los payasos en tiempos de guerra y de hambre, quizás sirvieron al menos para que  esa oscuridad dolorosa no descienda a alguna forma de parálisis. Y si bien, esa propulsión por vivir, permitió que Ricardo continúe por su senda de ser y de buscar, de ser una niño curioso de silencios intensos, y mantenerse dentro del mundo infantil y de sus juegos concentrados, en la colorida metáfora en que se desarrolla todo el tiempo la infancia,  aún así más de una vez lo embargó el tenaz resentimiento infantil que crecía con el silencio y las inevitable injusticias,  pero se diluía cuando captaba en los ojos de su madre  un maquillaje mezclado y húmedo que había descendido por su hermoso rostro, en una lagrima colorida, para frenarse en sus pómulos y dejar su boca limpia para una sonrisa necesaria, descubriendo que su madre había guardado algunas de sus lagrimas, para salir, en cada una de las veces, lo mejor que podía al gran escenario de la maternidad. En esos momentos era cuando más la quería.