martes, 16 de julio de 2013

Un hombre en lo que puede ser un final anticipado de su vida: prematuro pero resignado. Dioses negros.


Esa mañana realizó varios llamados, seguramente influenciado por los llamados  en los que  ese hombre desgraciado emitiera algo parecido a una risa humana pero áspera y flemática. Los llamados eran desde lugares cercanos según constataba en la pantalla del teléfono, pero Roberto ya no pensaba demasiado y no le prestaba atención a los detalles…
Llamó a Irene que lo atendió con una alegría extrovertida y le explicó algo tímida que había comenzado su tratamiento de quimioterapia y que no se le había caído tanto el pelo. El la felicito y no sabía que más decirle, en ese silencio ella lo invitó a comer pero dentro de unos días porque “quería estar presentable”. Fue ahí cuando la metálica puntada de la realidad ingresó a su organismo para revolverlo…. la imposibilidad de seguir, justo cuando comenzaba a aceptar la vida tal como era  y disfrutaba hasta de sus imperfecciones, pero sin embargo… podría no haber más tiempo. Le dijo que sí, que pronto la visitaría, pero nunca era seguro lo que de acá en adelante pudiera prometer. Por la tarde convenció a Eugenia de poner algunos papeles en orden para dejarla a resguardo.
-pero, no hace falta- le dijo ella sin entender la propuesta
-Siempre es mejor así- tenía muy decidido no explicar más de la cuenta.
-Y tu hijo… le corresponde a él…  
-Sí… hay para todos…además no creo que lo mío le sirva tanto. El quiere luchar. Necesita luchar… de todos modos quedara cubierto…
-bueno… pero que no te vaya a pasar nada… que haría sin mi Roberto- toda su personalidad se expresó en ese comentario pero fue tan real que a Roberto le dieron ganas de abrazarla, pero solo estiró su mano y la apretó fuerte.
               Más tarde hicieron el amor y todo fue muy suave porque su espíritu estaba imbuido  de  resignación, de todas formas había tomado la pastillita para que ella se sienta bien. Cuando la dejó en la casa de su madre se felicitó de no decirle nada de sus temores. ¿Qué ganaría? No había optado por salvarse…

Ya en  su casa se preguntó inercialmente por qué no escapaba él también y no llegó a ninguna conclusión definitiva. No era edad para huir… no era un plan para su vejez. Un exilio era injusto desde todo punto de vista pero sobre todo un despropósito, no era indigno pero era una fuerte sacudida a su entereza. No, no jugaría el juego de los otros. Decidió que se vive hasta donde se puede y además su cuerpo tampoco lo ayudaba. Posiblemente si lo hubiese hablado con alguien hubiera llegado a otras conclusiones pero todo era vertiginoso e inmediato y decidía intuitivamente con su corazón ya muy cansado. Dos llamados vacios sucedieron mientras pensaba en toda su vida. Preparó un whisky hasta el borde y se sentó en el sillón que enfocaba hacia la puerta. Todo lo efectuaba metafóricamente, con lentitud planeada, necesitaba de esos tiempos en los que se iba construyendo, prestaba atención a como su mente encontraba cada uno de sus sentimientos más nobles, toda la situación requería de ese comportamiento suave, seguro. En su contrapunto existía la otra emoción: la exaltación que le producía saber que estaba decidiendo ese destino en lugar de otro. Pero ya no era una lucha, solo se preparaba a través de sus movimientos dignos como si ellos fueran una entidad con espíritu.  Se acordó de la carta de su hijo y la sacó de un cajón de la cómoda. Era ese el momento de leerla y ya no le prestaría atención a su teléfono.